El ritmo.

Uno de los elementos indispensables de cualquier texto teatral es el ritmo. Los dramaturgos valoran mucho la palabra, el gesto y la poesía, pero la obra se hunde si no hay un ritmo adecuado. De echo, somos en gran medida responsables de lo que sucede en escena. Es verdad que a partir de que hemos escrito un texto, poco podemos hacer. Podemos hablar con el director, charlar con los actores, corregir los errores de lo que hemos escrito…, pero poco más. Quedamos de algún modo en un segundo plano. Es el momento en el que los profesionales de levantar el templo se pongan manos a la obra. Un buen actor puede hacer destacar un texto; un buen actor puede hacer que un texto quede mejor de lo que lo has escrito; un buen actor puede hacer que el público olvide errores en el texto. Lo que un buen actor no puede hacer es defender un texto sin ritmo.

Un texto lleno de palabras sin ritmo entre ellas es un cáncer en el teatro, es la mejor forma de aburrir al personal. Nuestra labor como autores no está tan solo en contar las cosas, está también en escribirlas de modo que los actores puedan pronunciarlas, jugar con las palabras. El teatro no es literatura, es matemática. Una novela tiene el modo “Pause”. Es tremendamente sencillo, cuando el autor está contando algo demasiado profundo o complejo, cierras el libro, y sigues mañana. Tiene el modo “rew”, si el lector se lía un poco, retrocede dos páginas, y vuelve a leerlo. El teatro es acción y es presente. Lo que digan los actores sobre el escenario, se dice en el momento, no hay forma de retrocederlo, no hay forma de ponerle una nota a pie de página: o lo pilla el espectador, o no lo pilla. Un buen espacio para las pajas mentales son los los diarios, los cuadernos que emborronamos por puro entretenimiento o las redes sociales. El texto teatral es un espacio sagrado, pero no en el sentido metafísico, más bien en el sentido real. Los autores somos la cumbre de la cadena trófica del teatro. Eso no nos hace mejores, más importantes o indispensables, eso nos hace responsables. Lo que nosotros escribimos es lo que, tras ciertos filtros, como puede ser el director, llegará al público. No debemos de poner zancadillas al resto del equipo.

La mejor forma, en mi opinión, de alcanzar el sentido del ritmo, está en los cómic. El cómic es un híbrido entre el cine y el teatro. Tiene los mismos problemas que el teatro, solo tienes cierto espacio y tiempo para contar algo; tiene la imagen del cine, sus ilustraciones muchas veces cuentan tanto o más que el texto. Un buen dramaturgo debería leer cómics. Rara vez en los cómics encontraréis un monólogo de cincuenta líneas contando las ideas de los personajes. Rara vez encontraréis dos personajes que discutan aunque se vea que realmente piensan lo mismo. Rara vez veréis que el cómic pierde la noción del ritmo, porque saben que necesitan al público. Saben que lo que hacen no es arte, no es para pasar a la historia. Saben que lo que hacen es contar algo, y que ahí fuera, al otro lado de la página, hay alguien que está deseando leerlo.