Sobre la mesa redonda en el Fringe

El pasado día 25, dentro del festival Fringe que se celebra en el matadero, Carlos Gil, editor y recientemente autor editado, Luis Araujo, dramaturgo y yo, estuvimos en una mesa redonda sobre el libro teatral ante una docena, tal vez una quincena de interesados. La cantidad de asistentes al acto es irrelevante, máxime cuando el acto se celebra un jueves por la tarde con un calor sofocante en un Madrid que espera salir de su jornada laboral para sumergirse en un mar de tintos de verano con música de fondo. Nada que alegar en contra.

La mesa redonda, que duró aproximadamente una hora, hora y media, resultó no ser exactamente lo que se esperaba de ella. Dejarme a mí un micrófono siempre es un riesgo de ofensa hacia alguien. No presumo de ello, pero no lo voy a negar. Todo empezó con una exposición clara y concisa de Carlos Gil explicando los problemas de la edición del texto teatral, de la crisis, los problemas que se generan desde los posibles lectores a los propios autores editados (que haya autores que editen el texto en papel y que al mismo tiempo tengan dicho texto editado en internet para descarga gratuita) y de la necesidad de compensar de alguna forma aun no encontrada, el margen de beneficio a la edición teatral. Abogaba hacia un tipo de texto que por lo visto está de moda, el de la teoría teatral o libros de autoayuda artística y demás.

Tomó después la palabra Luis Araujo, que con profesionalidad habló de sus ediciones, de la complicación de localizar editor, del corto margen de beneficio que daba editar un texto, pese a las grandes posibilidades de ser representado que presentaba el mismo, valga la cacofonía. Realizó una intervención corta, pero directa, que terminó con una pregunta al público presente “¿Por qué no leéis teatro?”. “Me encanta que me hagas esa pregunta” tomo el micrófono el hijo bastardo de la dramaturgia. Es uno de esos temas en los que tengo ya un discurso bastante ensayado. Lo he presentado en diversas ocasiones, y no cambio un ápice mi opinión ni mi discurso. La gente no lee teatro por culpa de los dramaturgos. La gente no lee teatro por culpa de los teatreros que intentan generar un apartheid cultural, un ghetto intelectualoide del que quedan excluidos todos los civiles. Llamo civiles a los que tienen poco o nada que ver con el teatro. Bien, Ozkar, ya te has ganado la enemistad de todos los asistentes a la mesa, todos bien vinculados al teatro, claro. Pero es verdad, hay una frase inexplicable, de la que acusa el mundo no teatral que dice que de alguna manera, todo el que no está dentro del mundo de los titiriteros, no tiene derecho a la cultura: “No te puedo decir si me ha gustado o no, porque no entiendo de teatro”. Podemos, como gente de teatro, pensar que los que dicen eso lo dicen por ignorancia absoluta, por estupidez o tal vez por desidia. Podemos decirlo. Es verdad, excepto nosotros, el mundo es imbécil. Podemos, por otro lado, preguntarnos si eso se dice porque el mundo es idiota, o porque nosotros, en nuestra gilipollez de perogrullo, hemos expulsado de forma, tal vez involuntaria, a los civiles de nuestro parnaso literario. Nadie dice eso cuando le preguntas por una película; nadie dice eso cuando le preguntas por una novela o por un poema; nadie dice eso cuando le preguntas por un cuento y ¡al loro!, la pregunta es tan complicada como un simple “¿Qué te ha parecido?”. ¿Qué lleva a los civiles a responder “yo no entiendo de teatro”? Puede que no tenga la respuesta exacta, pero creo que responden eso porque quedan “anonadados”. Queda fuera de lugar, no has conectado con ellos, no saben por donde cogerlo. Quieren decirte “no tengo ni puñetera idea de lo que me has querido contar en esta hora y media” pero, por pecar de una educación absurda, en lugar de decirte “tío, ¿qué coño era eso?”, tal vez por miedo a que nos burlemos de ellos con un conjunto de palabras, muchas veces sin sentido, en las que expliquemos que tratábamos de contar la metamorfosis de la mariposa como alegoría de las desventajas del capitalismo en un mundo utópico, el civil prefiere callar, que al buen callar lo llaman Sancho, y no volver nunca más a ver teatro. Algunos consideramos este tipo de situaciones como algo negativo, algo que va en contra del teatro, otros, en cambio, se sienten en una posición elevada, los elegidos por el arte, y consideran que por algo están ahí, para enseñar, para instruir a los civiles. Este fue el momento en que me gané al público y al resto de colaboradores de la mesa. “Entonces, según tu opinión, ¿solo debemos hacer teatro populista?” Recuerdo dos sentencias diferentes de dos grandes autores a los que admiro. Por un lado Wilde que dijo “El arte jamás ha de intentar ser popular. El público es el que ha de intentar ser artista”; por otro lado, tenemos a Lope de Vega “porque las paga el vulgo, es justo hablarle en necio, para darle gusto”. ¿Somos de verdad élite? ¿Somos gentes que rezuman ingenio hasta en la caspa? ¿Somos todo eso? Si somos todo eso, sin duda merecemos que solo nos veamos y compremos entre nosotros. Ese público ignorante y estúpido puede recurrir a la televisión, ver programas basura, o a lo sumo, pagar una entrada de cine. Tenemos nuestra supervivencia garantizada ¿no?. Creo, sinceramente, que necesitamos una cura de humildad, pero ese, es otro tema.

Lo que nos preocupaba en la mesa redonda era la lectura del libro teatral. Una de las asistentes comentó (no era civil, era teatrera) “es que cuando compro un texto teatral, no sé a lo que me voy a enfrentar, cosa que no me pasa con una novela” ¡Caramba! Llamada de atención. Lo dice una teatrera, ¿qué no pensará un civil? ¿Podríamos aprender algo de esa inteligente apreciación? ¿es posible pensar que el género TEATRO es demasiado amplio? ¿Podríamos acotar un poco más el género? No olvidar poner que se trata de teatro, pero si agregar TEATRO/COMEDIA o bien TEATRO/POESÍA o bien TEATRO/TRAGEDIA, TEATRO/ERÓTICO. No estamos descubriendo Roma con esto, pero desde luego, estamos dando un paso de gigante para acercarnos a un posible lector. Alguien que compra el texto, sabiendo, en parte, lo que se va a encontrar en él. No parece en absoluto una estupidez.

No se trataba entonces, ni ahora tampoco, de encontrar una solución absoluta a nuestro problema, pero si, y lo mantengo, a quitar la vista de nuestros ombligos, y llegar a mirar cara a cara a nuestro lector o a nuestro público, y preguntarle “¿Qué te pasa? ¿Dónde estás?” sea cual fuere la respuesta, será más clara que el hecho de que cinco sabios piensen y se pregunten entre ellos como atajar un problema.

Todo esto derivó de alguna manera en pensar que odio el teatro experimental, el arriesgado. Pues es verdad, no me gusta. Prefiero que me cuenten cosas, prefiero entretenerme, pero no por eso pienso que no deba existir ese tipo de teatro. Se me acusó de querer hacer solo teatro populista. Bueno, el teatro es la única profesión en la que, algunos, consideran que hacer nuestra labor para una minoría da garantía de calidad. Finalmente me dijeron “Sí todos opinaran como tú, no existiría Shakespeare” y ya aquí, con perdón, tuve que decir “y una mierda”. Que los intelectualoides de pacotilla se quieran apropiar de Shakespeare como adalid del teatro profundo, es como cuando los nazis se apropiaron de Wagner como significante musical de su ideología. Shakespeare no pretendía ser profundo, sus textos son textos escritos para el público de su época. Fue un genio porque supo agradar a todo estrato social que acudía a ver sus representaciones. El vulgo paga, demos placer al vulgo. Shakespeare no pretendía ser un genio de la filosofía, pretendía llenar el teatro. ¿Cuándo aprenderemos eso?