¿Por qué ver ILDEBRANDO BIRIBÓ?

Ildebrando Biribó, según Emmanuel Vacca, fue un apuntador de teatro que se suicidó tomando veneno en la primera representación mundial de Cyrano de Bergerac el 27 de diciembre de 1897. No he podido constatarlo. En la obra, el espíritu de dicho apuntador cuenta el momento de su muerte, pero, como el autor de la obra ha escrito poco sobre la misma, el personaje decide embellecer la historia, y nos cuenta sus vivencias desde que Vacca decide que va a escribir la obra de teatro y hasta la propia representación.

Ahora, por unas semanas, puedes verlo en la sala El Sol de York

Mi amor por Ildebrando Biribó viene de lejos. Desde su estreno en España por la Cía El Gato Negro. Raya la perfección, y temo no exagerar. Yo divido las obras entre dos grandes tipos: Las que prometen algo y lo cumplen/las que prometen algo y no lo cumplen. La obra de Emmanuel Vacca promete al inicio de la actuación dos cosas; a saber:

  1. Al final el personaje principal va a morir (“Vosotros también”, nos recuerda)
  2. Vamos a dejar los problemas diarios a la puerta del teatro; no nos molestarán durante la función y, en la puerta, los recogeremos según salgamos.

Bien. La obra cumple sobradamente con lo prometido. Parto del texto, por deformación profesional. Emmanuel Vacca configura un texto pluscuamperfecto, sin más ambición que entretenernos, enternecernos, hacernos reír, hacernos sentir cómodos, cálidos; una obra como para un pettit comité, un tú a tú. El texto invita a que te sientas entre amigos, como si un amigo o un familiar con gracia te estuviera contando una serie de interminables anécdotas que te deja con ese gesto sempisonriente de Harpo Marx. Las palabras vuelan de forma vertiginosa de historia a historia, de sensación en sensación. La vida inverosímil de un espíritu que se mezcla con los seres humanos, con Manitú (sí, ese es el nombre de pila de Dios), con un subSanPedro de tintes Martínez Soria, con la Biblia y, finalmente, con Cyrano de Bergerac. ¿Sin ambición? Tal vez. Eso pueden pensar los puristas del teatro, dado que, no busca hacernos pensar ni cambiar nuestra opinión acerca de la vida. No busca hacernos mejores personas ni analizar el teatro. No quiere, el autor, sermonear al personal, quiere, simple y llanamente, contarnos una historia. Hacernos sonreír.

Iñaki Rikarte marca una dirección aparentemente sencilla. Huye de los fuegos artificiales, de lo zafio y fácil. Se centra en dar al espectáculo el punto exacto de sal para que podamos degustarlo a la perfección. Su trabajo es conseguir que el actor no quede por encima del texto y viceversa. Su gran logro es conseguir ese ángulo matemático exacto que hace que no nos tengamos que plantear nada metateatral. Los años de éxito del espectáculo avalan dicho logro.

Sobre el escenario tendremos a un actor, y a decenas de personajes (entre ellos el propio autor) y ese actor se llama Alberto Castrillo. Su actitud y aptitud sobre el escenario hace la magia de este proyecto. El positivismo que nos lanza hace mella en nuestros malos pensamientos, en nuestro ceño fruncido. En el tiempo de un enorme reloj de arena, Alberto Castrillo se mueve por el escenario como un duende, brincando; como un héroe clásico, descalzo; avasallando cualquier idea que haya burlado la prohibición de entrar. Castrillo parece infatigable, lanzando palabra tras palabra, gesto tras gesto, haciendo las cosas de una forma que parece incluso sencilla, aunque su sudor le delata. Su esfuerzo leonino tras una sonrisa eterna y una mirada de zagal nos mantiene en vilo, queriendo saber más y más y más y…, ¿quieres saber más? Cierra el ordenador. Vete al teatro.