Black Sitcom

James Avery ha muerto. Tal vez, este gran actor conocido por los no tan jóvenes como “tío Phil”, sufrió el síndrome Antonio Ferrandis.

No es un antes y un después en la historia de la televisión, no era el mejor actor de sitcom, pero si es un representante de una lucha por la libertad e igualdad de oportunidades en la pequeña pantalla. Es sorprendente a lo que se habitúa uno si lo ve de continuo, e imagino que hubo mucha gente tras este tipo de proyectos, me refiero a las black sitcom.

James Avery es uno de los protagonistas de un ya maduro género que nos ha entrado por la retina, y que, probablemente fue a nuestros padres a quienes chocó en realidad. Gestionar en una televisión blanca series en las que familias de negros, sin la apenas aparición del hombre caucásico surgiera, ni se le echara de menos, es algo que me ha fascinado desde siempre.

Haciendo historia vemos que los negros en el cine o en la televisión tenían o bien personajes de “negro tonto” bien de “negro servil” bien de “negro porteador que tiene que ser devorado por una pantera o aplastado por un elefante”. Cierto es que existieron películas en las que los negros hacían el papel de buenos, de aplastados de machacados, pero he ahí lo interesante de la situación, no se mostraban como protagonistas unitarios, si no más bien como contraposición de los actos o decisiones del hombre blanco. ¿De qué nos sirve Kunta Kinte sin sus captores?

Los negros (los llamaré así, las palabras no ofenden, ofenden las personas) ya tenían la mala experiencia de lo que pasaba en el mundo del arte gracias a la música. Todo lo que el blanco inventaba en música, ya lo habían intentado comercializar los negros antes, y cuando un negro lograba la fama, pongamos por ejemplo al gran Louis Amstrong, los negros lo llamaron “el mono que entretiene a los blancos”. En televisión no valía con hacer una serie en la que apareciesen negros, necesitaban independizarse de papá negrero.

Las black sitcom, aunque comenzaron con este mismo núcleo (huérfanos negros adoptados por blancos) empezaron a emanciparse del hombre caucásico hasta llegar a familias burguesas negras (La hora de Bill Cosby) o familias de clase media (Cosas de casa) o una mezcla de ambas (El príncipe de Bel Air) sin la intervención del rostro pálido. Lejos de buscar una revancha absoluta, en rara ocasión apareció un blanco en estas series. Cierto es que cuando aparecían no eran especialmente unos lumbreras, pero se cuidaron mucho de no convertirlos en los más tontos. Ese papel también estaba destinado a los negros.

Las black sitcom hicieron mucho por la tolerancia y la igualdad de raza en la televisión empleando una discriminación positiva, por otra parte, absolutamente necesaria desde los 70 hasta la actualidad, aunque, ahora mismo, está en absoluta decadencia como género. La lucha por la igualdad de cualquier cosa tiene muchos frentes. Tal vez el menos valorado sea el de la normalidad. Exponer como normal una serie en la que solo salgan negros, hacernos partícipe de sus chistes, sus vidas, sus ocurrencias, sus pasiones…, ¿no es eso normal? ¿No perdemos la perspectiva del color? Obviamente los seguimos viendo oscuros, pero no es algo que destaque, no es algo que nos llame la atención per se, no queremos escuchar un discurso, queremos reír y disfrutar con ellos.

El mayor logro de los racistas, xenófobos etcétera es que pensemos una frase tan terrible como “ellos son como nosotros, normales”. Demasiada gente en este mundo clasifica a las personas por lo que se diferencian de uno mismo. James Avery, nuestro tío Phil, es uno de los nuestros, no es un negro como nosotros, es simple y llanamente uno de los nuestros, porque nos ha hecho reír, porque nos ha acompañado. Me cuesta explicar con palabras la gratitud que siento hacia este tipo y, por ende, hacia todos los que han participado en iniciativas semejantes y que me han acompañado en mi juventud. Gracias por hacerme reír, descansa en paz.